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Nuestro cerebro es terrible orientándose por una buena razón

Nuestro cerebro es terrible orientándose por una buena razón


Imagen para el artículo titulado Un exhaustivo estudio confirma lo que ya sospechabas: somos terribles orientándonos en la ciudad sin GPS

Se supone que, si nuestra especie construye enormes madrigueras colectivas llamadas ciudades, debería saber moverse por ellas como pez en el agua ¿no? Pues lamentablemente no. Un nuevo estudio realizado sobre las idas y venidas urbanas de más de 14.000 personas revela algo que quizá ya sospechabas: somos unos auténticos inútiles orientándonos en la ciudad.

Probablemente estés pensando que eso no es cierto. No al menos para ti. Tú te orientas perfectamente. El matiz es que el estudio no se refiere a nuestra capacidad para saber en qué dirección está nuestro destino. Eso, con mejor o peor atino, somos capaces de hacerlo todos. En lo que somos horribles es en elegir la ruta más corta.

El estudio no se basa en una muestra pequeña precisamente. Para llegar a sus conclusiones, los investigadores han aprovechado esa computadora portátil que llevamos en el bolsillo y que registra todos nuestros movimientos. El equipo, coordinado por el MIT, ha analizado los datos completamente anónimos de GPS de 14.000 peatones en ciudades como Boston, Cambridge o San Francisco. En total, han analizado algo más de 550.000 rutas a pie durante todo un año.

¿El resultado?, somos completamente irracionales a la hora de elegir nuestra ruta. De hecho, somos tan consistentemente irracionales que los investigadores han podido hasta crear un modelo computacional que es capaz de predecir la ruta que elegiremos, que suele ser la más ineficaz desde el punto de vista del tiempo que tardaremos en llegar.

La razón de este defecto en nuestra capacidad para orientarnos es una característica de nuestro cerebro que los investigadores han bautizado como “La ruta más puntiaguda”. Los satélites que nos permiten ver el terreno y calcular distancias con absoluta precisión son un invento muy reciente. El ser humano ha tenido que apañárselas sin ellos durante miles de años, y es por eso que nuestro cerebro no utiliza navegación GPS para orientarse, sino navegación por vectores. Lo que hacemos es calcular mentalmente dónde está nuestro destino, y a continuación imaginar nuestra trayectoria o vector hacia ese lugar.

El problema de esta manera natural de orientarse es que hace que tengamos una marcada necesidad de estar de cara a nuestro destino. En otras palabras, necesitamos tener nuestro objetivo delante y en la dirección general hacia la que estamos caminando. Paolo Santi, del MIT y Consejo Nacional de Investigación en Italia lo explica así:

En lugar de calcular distancias y elegir la mínima, lo que hemos descubierto es que el modelo más común es el que minimiza el desplazamiento angular, apuntando en dirección a nuestro destino tanto como nos sea posible incluso aunque movernos en ángulos más alejados sea la opción más eficiente.

Puede que la navegación por vectores funcione en una pradera despejada, pero en el marco de una gran ciudad es extremadamente ineficaz porque la ruta más corta puede ser una en la que nos desviemos en otras direcciones en algún momento, o incluso una en la que comencemos en una dirección completamente opuesta al lugar al que queremos ir.

Los investigadores explican que no somos los únicos que navegan por vectores. La mayor parte de animales se orientan igual. La razón es que la optimización no es una característica intrínseca de la evolución, y llegar a tiempo a nuestro destino nunca ha sido una prioridad natural para nuestro cerebro sino más bien una imposición de la vida moderna y sus prisas. De hecho, nuestro cerebro usa muy pocos recursos para la orientación porque prioriza la atención a otros detalles más importantes para la supervivencia como darse cuenta de la presencia de un depredador ( de un coche que está a punto de atropellarnos). Llegar a nuestro destino es algo que no corre prisa para nuestro cerebro siempre que lleguemos sanos y salvos. Algunos expertos en evolución como Salvatore J. Agosta lo llaman “La supervivencia del suficiente” en contraposición al competitivo término del darwinismo “la supervivencia del más apto”. [MIT]



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